Dolores compartidos

Madrid - 22/11/2025

Era una tarde de marzo y llovía en los campos de Castilla. Viajaba en tren hacia Vigo leyendo Calendario, de Manuel Janeiro. Uno de los poemas, ‘Octubre’, dice: “Octubre se parece al verano, pero sobre las playas y las canciones que tan alegres sonaban, se cierne a media tarde la sombra de un árbol sin hojas. De repente, cuando pensábamos que quedaba la mitad de la película, aparece la palabra fin (...)”. Yo acababa de cortar una relación, la primera. Esa que uno cree que va a durar para siempre solo porque no ha aprendido todavía que nada lo hace. La mujer sentada a mi lado en el tren empezó a hablarme cuando vimos Zamora en la distancia. Había nacido allí, aunque vivía en Madrid, y sus padres eran gallegos. Me contó cómo era ese mismo trayecto cuando los trenes tardaban doce horas en llegar a Pontevedra, y cómo se apeaban con la cara tiznada de carbón. “Esto ahora es un lujo”, dijo.

No tenía ganas de escucharla. Pensaba en mi libro, en la persona que acababa de irse, en lo inútil que es el dolor cuando todavía está fresco. Jugaba con las páginas para hacerle ver que quería volver a leer. Afuera, los campos eran una extensión de barro y de lluvia. Dentro, el tren olía a café tibio y a humedad. Pensé en ella y en todo lo que uno desearía haber sabido antes: que el amor, incluso el más limpio, también se oxida; que hay palabras que si no se dicen a tiempo se pudren; que hay gestos que llegan tarde y ya no curan nada. No sé cuándo dejó de doler. O si realmente deja. Tal vez el dolor se acostumbra a uno, encuentra su lugar y se queda ahí, intentando no hacer ruido. Me gustaría volver a ese viaje, no para cambiar nada, sino para mirar de frente lo que dolía. Es un sentimiento compartido, la demostración máxima de humanidad, la constatación de que somos la única especie capaz de sufrir por algo que ya no existe. Quizá, cuando sea viejo, recuerde esa tarde como quien recuerda una tormenta lejana: el tren avanzando, el campo oscureciendo, una mujer hablando de otras épocas... Y yo, aprendiendo, sin saberlo, que todo final empieza con dos personas que se levantan del asiento y dicen adiós.

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El arbol de la aurora