El arbol de la aurora

Nigrán - 08/04/2026

Hay ciertas cosas que se tienen que escribir en el momento. En el pico que produce la furia, cuando los acontecimientos nublan la razón pero te ofrecen una claridad imposible de recrear. Dejarlo para más tarde es un acto irresponsable. Una vez que te invade la nostalgia no hay vuelta atrás.

Este es uno de esos casos: la aniquilación de un árbol único no debe quedar en el olvido. Era mi favorito. Se encontraba al borde del mar en un paraje excepcional. Es un monte comunitario, y los recursos que ofrece se explotan entre los lugareños. La madera es el principal activo.

Fue en una mañana de junio. Talaban la zona del monte donde se encontraba, y terminaron con él sin mostrar ningún tipo de compasión a su grandeza.

Era especial. Sus compañeros crecieron diferente, o como es habitual: hacia arriba. Este no. Arrancaba el tronco dividiéndose directamente en dos, a la altura del suelo. Las bifurcaciones eran contorsión pura. Giraban sobre sí mismas, daban la vuelta, se volvían a encontrar…

Tenían la distancia idónea para colgar de ellas una hamaca. Lo sé bien. Me pasé un verano entero leyendo bajo sus ramas. Ahí me encontré por primera vez con la Odisea. Me despertaba muy temprano, antes de que amaneciese, e iba en bicicleta hasta allí para contemplar la "aurora de rosáceos dedos" de la que hablaba Homero, desde mi árbol.

Hay algo que Homero entendía bien y que los que empuñaron aquella motosierra jamás entenderán: que ciertos lugares no son simples coordenadas en el espacio, sino umbrales. Cada amanecer desde aquel árbol tenía la solemnidad que Homero reservaba para sus momentos memorables. Todo sucede al alba en la Odisea. Los héroes se visten, los pueblos se congregan, los muertos son llorados. Como si la luz del primer momento del día fuera la única capaz de dar peso real a las cosas. Y así era también allí, con el mar delante y las bifurcaciones del tronco enmarcando el horizonte como un arco natural, como una firma del mundo.

“Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo”, cantaba Franco Battiato. Él lo sabía también: hay horas de oro, horas de plata y horas de puro barro. Las que yo viví bajo aquel árbol eran de oro. No lo supe del todo hasta que lo talaron.

Ahora hay un vacío en ese monte. El hueco que deja la grandeza cuando se marchita. Todavía quedan sus restos, como una civilización perdida, que deja atisbar el recuerdo de un pasado glorioso. Al contrario que las golondrinas, ya no volverán esos amaneceres, que sin testigo no terminan de suceder.

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