Ítaca, Valsaín

Valsaín, Segovia - 17/05/2026

Hay personas a las que nunca conocerás y que sin embargo te forman. No te educan, que eso lo hacen los padres, y luego los profesores con sus métodos y sus horarios. Te forman, que es otra cosa, te dan una manera de mirar, una disposición ante el mundo, un impulso que tarda años en revelar su origen. Javier Reverte fue una de esas personas para mí. Lo leí de adolescente y moldeó muchos aspectos de mi vida.

Fui a Valsaín un domingo de mayo. Un domingo de tormenta. El cementerio está en las afueras del pueblo, en una planicie verde rodeada de montañas allá donde mires. El viento era punzante, y no había nadie. Solo el agua contra las lápidas y ese silencio que tienen los lugares donde la gente va a ajustar cuentas con algo que no sabe nombrar del todo.

Me costó encontrar la tumba. Recorrí el cementerio entero y estuve a punto de irme. Estaba justo a la entrada, a la izquierda, parcialmente tapada por la lápida de delante, pero en la esquina, a plena vista. Si alguna vez quieres esconder algo, colócalo en un lugar donde todos puedan verlo, dicen.

Me quedé un rato parado bajo la lluvia sin saber muy bien qué había ido a buscar. Reverte estaba ahí. Imperturbable. Igual que los picos de los montes, impertérritos. No me podía dar nada. Nunca había podido. Solo sus libros podían, y eso ya había ocurrido hace mucho, en otro lugar, cuando yo era otra persona.

Kavafis escribió que Ítaca no puede darte realmente nada, solo un hermoso viaje. Reverte lo entendió mejor que nadie y lo convirtió en oficio, en forma de vida, en varios metros de bibliografía. Yo fui a Valsaín sin saber del todo que estaba siguiendo la misma lógica. El destino es siempre una excusa, que lo que buscamos no suele ser lo que encontramos, y que eso, en el mejor de los casos, no es una decepción sino una respuesta.

A veces llegamos al final del camino y lo único que hay es silencio, montañas y lluvia. Y resulta que es suficiente.

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